Ensayo tras ensayo, dicha ilusión iba en aumento, en progresión exponencial, y pasamos de desear un sueño a participar en él. Esperábamos que llegara ya el próximo fin de semana, para colgarnos el tambor y exprimíamos todo nuestro tiempo en aprender las marchas, instrucciones y formas.
La acogida de todos los componentes de la cofradía fue magnífica, explicándonos con paciencia y maestría los usos y costumbres propias de la Sección de Tambores.
Ya era Lunes Santo, primer día que salía de granate a tocar por las calles. Estábamos en la iglesia de Santa Engracia, nuestra iglesia. Escuché mi nombre. Como bien nos habían advertido antes, me puse de pie. El resto de mis compañeros fue progresivamente, hasta que, al unísono, fuimos aceptando las premisas de la Cofradía.
Se acercaba el momento. El hermano Teniente, junto con nuestro Consiliario, le facilitó mi medalla. Me acerqué. La capa, aún en mi brazo se la cedía al Hermano Mayor. Casi sin darme cuenta, tras una leve inclinación, el pater rodeó mi cuello con la medalla, y estando de espaldas al altar, nuestro Hermano Mayor me arropó con la capa. Fue un instante muy breve. Como un cálido abrazo. Enhorabuena, bienvenida. Sus palabras, casi un susurro, me llegaron a lo más hondo de mi corazón. Ya está. Ya soy del Calvario.

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